Imagina caminar por una selva digital donde el paisaje cambia con cada paso, el aroma que te llega es personal y un collar inteligente mide tus emociones para que la obra reaccione. Esto no es ciencia ficción: es Dataland, la nueva galería del centro de Los Ángeles que se presenta como «el primer museo de artes con IA del mundo».

Una inmersión en cinco actos

Fundado por el artista Refik Anadol y su socia Efsun Erkiliç, el espacio abrió al público el 20 de junio. Su exhibición inaugural, Machine Dreams: Rainforest, cuenta con cinco salas donde el arte generado por inteligencia artificial responde a los visitantes en tiempo real.

A la entrada, cada persona recibe dos dispositivos: una pulsera que registra movimiento, temperatura y pulso, y un collar en forma de U que emite olores de forma individual. En vez de inundar la sala con una sola fragancia, cada asistente percibe aromas distintos. «Estás dentro de una obra de arte que todavía se está desarrollando», anuncia una voz grabada al inicio.

Tecnología con conciencia

Google colabora con el museo usando herramientas de Google Cloud para generar paisajes sonoros, detectar emociones y ajustar aromas de forma algorítmica. Anadol y su equipo pasaron tres años creando el Large Nature Model, un sistema entrenado con datos del mundo natural. Viajaron al Amazonas y otras selvas para recolectar material propio, acumulando 5 petabytes de datos sin procesar, obtenidos con permiso de investigadores.

El modelo utiliza archivos de instituciones como el Smithsonian, cuya Enciclopedia de la Vida aporta información de más de dos millones de especies. «Empezamos desde cero y entrenamos nuestros propios modelos de IA», explicó Anadol. Además, Google DeepMind proporcionó acceso a recursos «experimentales de bajo consumo energético» para que la galería funcione de forma sostenible en la nube.

Galerías que exploran lo imposible

Entre las salas más llamativas está la Infinity Room, donde un colibrí brillante guía al visitante sobre un bosque de neón. La Latent Gallery permite ver el funcionamiento interno del modelo: en una consola se navega por los datos de entrenamiento, desde fotos de ranas hasta patrones abstractos.

El Sanctuary es quizás la pieza central. Al entrar un grupo, los datos biométricos de cada persona —frecuencia cardíaca, temperatura de la piel, recorrido y velocidad— se combinan para crear una representación tridimensional única de la energía colectiva, que nunca se repite. «El arte puede sentir esta información», afirmó Anadol, señalando que los sensores detectan con frecuencia los «pelos de punta» de los visitantes.

Entre el deslumbramiento y la duda

Un asistente que recorrió el museo durante unos 90 minutos describió las imágenes como «a menudo hermosas» y señaló que la interacción era visualmente impactante, especialmente al ver su propio pulso proyectado en el suelo. Sin embargo, sin la sensación de que el arte fuera fruto directo de un humano con conciencia, al visitante le costó conectar con gran parte de la obra. Anadol explica que, aunque los visitantes pueden optar por moverse como ‘fantasmas’ sin los dispositivos, las pulseras y collares ofrecen una forma de dejar una huella temporal en la instalación.

Un renacimiento con público

Pese al debate, la respuesta del público ha sido clara. En las primeras dos semanas, más de 10.000 personas visitaron la exposición, según Anadol. «Creo que literalmente estamos en un renacimiento», comentó. «Simplemente aún no tenemos un nombre para ello».

Al salir, cada visitante recibe un token personal con sus datos biométricos. El museo «olvida» la información de los asistentes al momento de irse. «Los datos son una forma de memoria», dijo Anadol, y la galería busca tratarlos con respeto, justo lo contrario de la norma de vigilancia actual.